«La gazza ladra», de G. Rossini. Mariola Cantarero, Dmitry Korchak, Alex Esposito, Michele Pertusi, Manuela Custer. Coro de Cámara de Praga. Orchestra Haydn di Bolzano e Trento. Dirección musical: Lü Jia. Dirección escénica: Damiano Michieletto. Adriatic Arena.
Mariola Cantarero se presentó en el Festival de Pésaro en 2001 como Condesa de Foleville en «Il viaggio a Reims», dentro de las actividades de la Accademia Rossiniana. Después de asumir roles menores, en 2004 incorporó en «Elisabetta, regina d’Inghilterra» el personaje de Matilde, la rival de la monarca británica. Pero ha sido en 2007 cuando la soprano granadina ha alcanzado su consagración definitiva como protagonista de la nueva producción de «La gazza ladra», una de las creaciones más atípicas del genio pesarés, que comienza en clave de inofensiva comedia para alcanzar progresivamente momentos de una gravedad casi insostenible. En el papel de Ninetta, la infeliz muchacha que, para no delatar a su padre, perseguido injustamente por motivos políticos, es capaz de asumir su propia condena por un robo que no ha cometido -y que finalmente se demostrará que fue cometido por una impertinente urraca-, somete a la cantante a notables cambios de tesitura, exigentes agudos y una resistencia casi sobrehumana en un agotador papel que está casi cuatro horas en escena, y que la artista defendió con una seguridad, rigor estilístico y preparación técnica admirables. Una labor premiada con atronadoras ovaciones y un «pateo» comparable al obtenido por Juan Diego Flórez en «Otello».
La artista es, sin duda, una de las favoritas del Festival (este año asume también la comprometida parte de Ceres en la cantata «Las bodas de Tetis y Peleo»), y estuvo rodeada de un estupendo elenco, destacando los bajos Michele Pertusi, que hizo del malvado Mayor de la aldea un rijoso antecesor del Scarpia de «Tosca», y Alex Esposito como Fernando, el proscrito padre de la joven, así como el tenor ruso Dmitry Korchak en un sensible y musical Giannetto, prometido de la muchacha.
Dinamismo espectacular
La mezzo Manuela Custer como Pippo, su fiel amigo, tiene con ella un conmovedor dúo en la prisión, que nos hizo evocar algunos momentos mágicos en la historia de la interpretación rossiniana. La producción (que ofrecía la obra en su absoluta integridad, alcanzando una duración casi wagneriana) sirvió de vehículo de presentación también al joven director escénico italiano Damiano Michieletto (conocido en España por su excelente trabajo en «Il dissoluto punito», de Carnicer, en La Coruña), que no ha podido tener un debut más afortunado en el Festival, y ha conferido a la obra un dinamismo espectacular. La ópera está contemplada como el sueño de una niña (la bailarina india Sandhya Nagaraja), que durante la obertura realiza las más increíbles acrobacias, antes de convertirse en la propia urraca. Una serie de inmensos tubos sirven tanto como paredes de la hostería como en amenazadores cañones en el impactante final del primer acto, así como en los muros de la prisión en el segundo acto. La escena crucial del juicio está resuelta con la imponente aparición de los magistrados por una pasarela que baja de la embocadura del escenario, y la estremecedora marcha al cadalso es acompañada por un paisaje de velas. El maestro chino Lü Jia, director musical de la Arena de Verona, mostró una sorprendente afinidad con estos pentagramas, proponiendo una lectura vibrante que tuvo su perfecta transmisión en los jóvenes y entregados músicos de la Orquesta Haydn de Bolzano y Trento.
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